EL SOXTAÑA
En septiembre del año 2000, Lucrecio Yanarico, viejo yatiri de la comunidad Yura, fue designado en una comitiva para respaldar las movilizaciones campesinas, gesta insurgente predispuesta a cercar la urbe paceña. Era un soxtaña, tenía seis dedos en cada mano, y seis en cada pie. Tal anomalía le valió un puesto espiritual en el pueblo. Adivinaba con la coca, invocaba las almas que habían abandonado sus cuerpos, rompía maldiciones de los malignos.
Junto a Lucrecio se encontraba Evelio Ticona, de veinte
años. Era otro “señalado”, aprendiz de los ritos mágicos de su raza. Nació con
dos coronas en la cabeza, un par de remolinos de cabello, rareza que le daba la
oportunidad de ejercer la profesión de yatiri. Como estaba en sus
primeros pasos, se esforzaba por aprender todos los oficios religiosos de su
maestro.
Ambos provenían de la enigmática península de Taraco,
extensión de tierra rodeada por las aguas del lago Titikaka. La herencia de su
sangre descendía de la nación Chiripa, cuyas ruinas se yerguen en el tiempo.
Cultura semillera de los pueblos más antiguos del altiplano. En una tarde,
mientras nadaba en una
de sus playas, en que refrescaba su cuerpo por la ardua labor del campo, Evelio
oyó por la radio la noticia de una gran revuelta campesina. De inmediato se
dirigió a su comunidad.
La asamblea de amautas del ayllu, comunicó la
decisión de sumarse al bloqueo de caminos. El Mallku, el líder máximo de los
campesinos, instruyó a todas las centrales agrarias cerrar las rutas del
departamento, erigir en el asfalto una serpiente de piedras. En lengua aymara
argumentaban que era una lucha por los continuos atropellos cometidos a su
raza, al sacrificio del que labra la tierra. «Jichhapi jichhanexa», ahora
es cuando proclamaban al unísono.
Dispusieron una comisión de hombres y mujeres para sumarse a
los puntos conflictivos; el más cercano se hallaba en la población de Guaqui.
Fueron animados, con furia, a ratos con risas, motivados a un destino incierto
que los alejaba de su rutina. Recorrían el camino, uniéndose a otros grupos,
como hormigas, armados con palos, warakas (ondas) y un par de pistolas
Colt antiguas.
*
El
primer día de bloqueo, a las alturas de Guaqui, los campesinos hacían vigilia,
concentrados inamovibles en la carretera, oían los discursos radicales, al
estilo indianista. Lucrecio y Evelio, un poco alejados de las arengas,
conversaban de las posibilidades de victoria campesina, de cómo reaccionarían
ante la represión policial. Para animar al muchacho, el viejo le contó una
historia, de las grandes revueltas aymaras. Resaltó un episodio en particular,
para ilustrar que los actos recaen en consecuencias.
Era el año de 1780, cuando el comandante quechua, Faustino
Tito Atauchi, en un episodio de soberbia, ordenó detener a un joven aymara
llamado Julián Apaza, comerciante desconocido, quien incitaba a las gentes de
su raza a una rebelión. Evocación subversiva sin venia de Atauchi. Acto de
insolencia a su poder, según lo percibió. Corrompido por su posición, no
soportó que un plebeyo altere su autoridad. Como Faustino tenía sangre incaica,
creía que la superioridad de linaje era incuestionable; a la par, se dedicaba a
acrecentar sus riquezas en plena guerra. Fue una sangrienta contienda en contra
de la corona española y sus súbditos criollos.
Hizo que sus hombres traigan a Apaza ante su presencia. «Aquí
no tienes cabida, plebeyo», dijo el comandante. Que ordenó al instante lo
desvistiesen, era una escena que melló con creces su dignidad. Le confiscó su
oro, su plata y la carga de coca que llevaba al altiplano, un negocio al que se
dedicaba desde temprana edad. Era un robo. Lo despachó casi desnudo, en
calzoncillos, cubierto con una camisa de bayeta, con rumbo a la población de
Sorata, para que el sobrino de Tupak Amaru, Andrés, se encargue de castigar la
insolencia del joven aymara. Andrés Amaru fungía como el general y
representante de la gesta libertaria en la región. Con sus emisarios, Faustino
Tito le mandó un mensaje, advirtiendo que Julián promovía una rebelión
netamente aymara, lejos del linaje incaico.
Cuando Andrés vio las condiciones en que lo trajeron, de inmediato
ordenó su libertad, apenado por lo sucedido, lamentó la humillación al que fue
expuesto. Lo compensó nombrándole gobernador de los indios del altiplano, no
quería conflictos en sus huestes por tal acto infame. «El objetivo es la
libertad de nuestra raza y la derrota de los criollos», dijo, asegurando que no
soportaba la deshonra entre los indios. Julián era un elemento valioso,
aportaba con bultos enormes de coca para la guerra. Aceptó las disculpas del
sabio Andrés Amaru, pero contenía en el interior de su ser el orgullo
lastimado.
No mucho después, los criollos derrotaron el avance incaico,
Andrés fue desterrado por la corona española. Julián, ya conocido como Tupaj
Katari, asumió el mando de la revolución india, era el comandante innato de los
aymaras. No había olvidado aquel episodio de ignominia; ordenó que capturaran a
Faustino Tito Atauchi, y en pleno campamento en El Alto, en el atardecer de
marzo, hizo que lo ahorcaran. Subrayó a sus tropas lo siguiente: el honor era
un derecho irrenunciable.
Lucrecio, con la mística de un yatiri, advirtió que
ese episodio no es otra cosa que una advertencia para la vida del hombre. De un
mundo circular donde los actos siempre conllevan consecuencias. Dijo en forma
de sentencia: «El gobierno de los q´aras (extranjeros), quienes trajeron
a la raza nativa la miseria lacerante, cosecharán su odio, la venganza de los
aymaras será implacable». Evelio asintió con la cabeza, cuya mente concebía
interrogantes jamás imaginadas; aquella historia hizo eco incluso en sus
sueños.
*
Era el
segundo día de bloqueo, en la población de Laja. Al momento de la merienda, las
delegaciones campesinas reunidas en la plaza central, saboreaban una bebida de
haba junto al pan famoso del pueblo. Prestos para una larga vigilia, dispuestos
a cubrir de piedras el camino principal. Ante la vieja iglesia colonial, el
joven Evelio se persignó rendido a la estructura pétrea, en señal de sumisión
católica. «Para no caer muerto por una bala militar», pensó. Lucrecio advirtió
aquello, recriminó al muchacho, alegando que esos dioses son ajenos a su
realidad, que solo traían mala suerte. El aspirante a adivino preguntó: «¿Por
qué dices eso, maestro?».
Lucrecio para sostener lo dicho, empezó a relatar un
episodio de la historia del temible Zarate Willka, quien lideró la revuelta
indígena de 1899. Una rebelión no vista desde tiempos de Katari. El apoderado y
líder aymara era oriundo del pueblo de Sica Sica. Se convirtió en aliado de
José Manuel Pando, quien se hallaba en guerra con otro criollo-mestizo por el
control del país. Para desequilibrar la balanza, Pando optó por la fuerza
indígena; ofreció gobierno compartido junto a su raza si lograba la victoria.
Ambos personajes entablaron amistad.
Pablo Zarate, creyó en su amistad, en la palabra del
general. Mandó a este último una carta desde Taraco, fechada el 27 de junio de
1896. Le comunicó que realizaría un peregrinaje hacia la Virgen de Copacabana.
Llegado el día, hallándose a los pies de la Candelaria, rogaría salud y gloria
para él. Así lo hizo, llegado el momento, cumplió lo dicho en la carta, invocó
de rodillas mejores días para su gente, se quejó por el sufrimiento, por la
maldad de los señores patrones, creyó que escucharía sus plegarias. Salió del
templo, sollozando un cántico en su lengua: «Bendisitawa warminak taypin,
ukhamarak bendisitawa Jesusaw, t´usuñam taypin…»[1].
Al salir del templo, yatiris muy ancianos, quienes
todavía eran leales a los dioses andinos, antiguos entes como el tata Willka (padre sol), la paxsi mama (madre luna), reprendieron a
Pablo Zarate. Su sumisión a la imagen foránea era inaceptable para un líder,
para un señor de la guerra. Le dijeron que era de mala suerte, era una figura
rencorosa de los indios rebeldes, era la guardiana de las élites y de sus
esbirros violentos, de quienes someten al indio. Pero el caudillo no prestó
atención de aquellas palabras.
Años después, en plena guerra federal, Willka aseguró la
victoria en favor de su amigo Pando. En esos instantes, por las noches, soñaba
días gloriosos para su raza, sería el presidente de los indios, se erigiría una
patria sin patrones ni siervos. «Volveremos a ser dueños de nuestras tierras»,
se repetía. Reanudó la adoración a los dioses antiguos de su ayllu,
olvidando a la Candelaria, dejando de lado las promesas que tantas veces
prometió si es que lograra la victoria.
En un episodio dramático, la traición se hizo eco. Pando
ordenó que apresarán a Zarate, renunciando a sus años de amistad. Quería el
poder para sí; por ello era necesario mantener sumiso al indio, pues era un
peligro para su gobierno. Willka, encerrado en una prisión, torturado a diario
por sus carceleros… En un intento de huida, capturado en el acto, fue
sentenciado a muerte.
Previo a ser fusilado, miró al cielo, oía las aves trinar y,
en lo íntimo de su alma, maldijo a Pando, maldijo a los criollos. Afligido por
no escuchar a los viejos amautas. Con el cielo despejado, una vez se oyeron los
cañonazos rifleros, tumbado en el piso, vio en el firmamento la silueta de la
Candelaria de Copacabana, mientras se sumía en la oscuridad eterna. Su sangre
se unía a la tierra, reclamando para sí su cuerpo.
Lucrecio le dijo a Evelio: «Es así como los señores del
gobierno nos utilizan y nos desechan cuando les somos innecesarios, masa
votante, sirvientes en sus mansiones, carne de cañón en sus ejércitos…». Para
el viejo yatiri, aquel dios judío aplacaba la rabia de su raza, reprimía
la sed de rebelión. En silencio, el joven aprendiz vio la iglesia colonial y,
como quien prueba un trago amargo, decidió no volver. Se hacía de noche, los
campesinos resolvieron pernoctar en el colegio de la población, al día
siguiente marcharían a la urbe alteña.
*
Eran
las nueve de la mañana, en la periferia de la ciudad de El Alto, miles de
campesinos en columnas rojas, color de su poncho, se encontraban dispuestos a
radicalizar el cierre carretero. El olor a Pachamama, de coca y tabaco era
envolvente, imposible de ignorar, era parte de esa fragancia arcana de sus
almas. En el crepúsculo del alba, había pasado por ahí su caudillo, conocido
como el Mallku. Lanzó un discurso radical, indianista, vertido en su lengua
nativa. Alentaba a la lucha anticolonial, a tumbar el gobierno de turno,
incitando a una rebelión india. «¿Quién era ese hombre?», preguntó Evelio, pues
le sorprendió que sus palabras elevaban al frenesí a la masa indígena,
dispuestos a todo, incluso a la muerte.
En los días del bloqueo, de la cansada marcha, las
provisiones de alimento escaseaban, que, si no fuera por la coca, el hambre
invadiría la humanidad de los campesinos. Lucrecio, quemado por el sol, pensaba
al unísono de unas gotas de sudor que bajan por sus arrugas plegadas por el
tiempo, curtidas por el clima áspero del campo. «A veces no sabemos valorar las
riquezas hasta que se pierden», dijo, algo preocupado por los recursos. No
tenían mucho dinero, incluso para volver al pueblo de Taraco. Sabía que aquella
limitación en la logística podría reducir la moral de sus congéneres; su
esperanza era que el gobierno claudique en sus exigencias, cosa difícil…
El yatiri narró a Evelio una historia, una del
Mallku, pues el joven quería conocer al caudillo. Años atrás, Felipe Quispe
Huanca, antes de ser el máximo líder de los aymaras, era un militante
guerrillero del EGTK (Ejército Guerrillero Tupaj Katari). El grupo armado que,
por medio de robos a empresarios e instituciones estatales, logró recaudar
importantes sumas de dinero. Estaban convencidos de que solo recuperaban la
riqueza que las élites políticas acumularon explotando a los indios.
La ironía fue que buena parte de ese dinero fue a parar a
los bolsillos de los hermanos Linera, militantes blanco-mestizos de la
guerrilla. Quienes gastaron toda esa plata en satisfacer sus placeres, a la vez
que incrementaron su patrimonio familiar. Viveza de estos últimos a costa de
los recursos de la organización insurgente. De ideología de izquierda no era garantía
para la honradez. Como siempre el indio, otra vez explotado.
Una parte pequeña de ese dinero proveniente de los asaltos,
que no logró apropiarse el ala marxista de la guerrilla, Quispe y otros
militantes aymaras lo escondieron en un baúl de madera. Eran cientos de
dólares, como de pesos bolivianos, rollos de billetes que jamás vieron en su
vida. Decidieron ocultar ese dinero, pues no hace mucho la inteligencia del
gobierno logró capturar a los hermanos Linera. Estaban seguros de que la
policía pisaba sus talones, así que decidieron ocultar los recursos hasta que
se enfríe la situación.
Los indianistas fueron capturados, torturados, encerrados en
la cárcel de San Pedro por cinco años. Acaecido ese tiempo, salieron del
panóptico, fueron a la casa vieja, ubicada en el confín de los cerros, en un
lugar sin nombre. «Con el dinero rearmaremos la guerrilla», dijo el Mallku. Sentía
mayor confianza en sus capacidades; ya era estudiante universitario de la
carrera Historia. Lejos de la influencia marxista, creyó que un alzamiento
netamente indianista-katarista salvaría la opresión de su pueblo.
Los militantes campesinos llegaron a la casa de adobe, el
dinero se hallaba en un rincón de la choza, cuyo techo de paja estaba ya podrida.
Los únicos guardias del lugar eran las vizcachas que vivían en los acopios
rocosos del paisaje. Desenterraron el baúl ubicado por debajo de una pila de
maderas, abrieron la tapa polvorienta, y estupefactos, notaron que los billetes
fueron carcomidos por las polillas, roídos por el moho, la humedad y cuanto
gusano habitara. «Maldita sea, carajo», se lamentó Quispe, con los ojos
iracundos. Su entusiasmo se desvaneció; con el rostro maltrecho, por la
tragedia, vaticinó tiempos difíciles. Esos infortunios suelen arrancar los
sueños de las almas más inquebrantables.
Luego de contar aquella historia, en esa noche de vigilia,
Lucrecio soñó el futuro luego de su muerte. Divisó en el mundo onírico, que la
lucha del trabajador rural concluiría en victoria, que los campesinos serían
una fuerza política temible. Pero, como una maldición, los politiqueros se
apropiarían de las jornadas de rebelión aymara. «¡Qué desgracia!», decía al
despertar, «tantas lágrimas por la sangre derramada quedarán en el olvido». La
gesta solo enriquecerá a unos pocos. Pequeña memoria, maldición de un pueblo.
*
Veinticinco
años después del gran levantamiento aymara, Evelio ya era todo un maestro yatiri.
Recordó los sueños que le contaba Lucrecio en los días de marcha, quien ya
había muerto hace media década. La realidad se hizo eco en aquellos relatos
oníricos del viejo. A veces su maestro se le aparecía en los sueños para
ayudarlo en el oficio de adivino, en la guerra espiritual ante los demonios.
Cierto era, de aquella insurgencia, casi nada habían conseguido; pocos se
hicieron ricos, sobre todo la élite de izquierda. Mismos patrones con diferente
discurso. La casta política de cualquier color se dedicaba a perpetrar la
opresión colonial. Era ese dolor de las madres aymaras que jamás lograron
consuelo, de sus hijos muertos en las protestas, y ellos, los criollos, todavía
son dueños de la tierra. Evelio consignó su vida pregonando el indianismo del
Mallku.

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