SOLDADITO SIN PATRIA
Una de las reducidas comunidades de Urus que aún
habita el altiplano, se halla a las orillas del río Desaguadero. Los Iruito,
cuya vida está ligada desde la antigüedad a las aguas del lago Titikaka.
Existen todavía con su mística, aunque el paso de las eras acabó por casi
extinguirla, a la vez que la aymarización alienó su esencia ancestral. Perviven
en su artesanía, en su vestimenta singular y en algunas palabras de su lengua
nativa.
De a poco se fueron integrando al mundo moderno, a la
sombra de la bolivianidad. Les impusieron deberes cívicos ajenos. Teodomiro
Sucani, joven de 17 años, estaba a punto de marcharse de la comunidad, del ayllu.
Logró, de los pocos jóvenes que lo consiguen, graduarse del colegio. Decidió
presentarse al cuartel. Para él era una meta, un anhelo ser parte de la vida
castrense. Solo cuatro varones de la reducida población realizaron su servicio
militar. Se los percibía como “verdaderos hombres”.
Llegaron con historias grandiosas de su experiencia.
Eran admirados por todos, de inmediato se convirtieron en los líderes del ayllu.
Teodomiro anhelaba esa marcha a la “civilización”. Cuando retornase, le
organizarían una fiesta, así lo prometieron sus padres. Deseaba encarnar ese
orgullo en ellos, de tener un hijo soldado, siendo de los pocos logros que
podían alcanzar las gentes de esas remotas tierras.
Antes de marchar a la urbe, el yatiri de la
comunidad hizo una pequeña ceremonia, para que su travesía sea exitosa, y
retorne íntegro, sin ningún mal. Sus deidades provenían del agua, del lago y
las montañas. Había que pedir permiso a esos entes para abandonar la tierra. Es
sabido que la hoja de coca es el vínculo de lo terrenal con lo espiritual. El
maestro yatiri lanzó un pequeño puñado de hojas a su tejido de awayu
multicolor, con el fin de adivinar la suerte del joven. Las formas de ese
vegetal sagrado no manifestaban nada anormal en el destino del muchacho.
Excepto una diminuta hojita que no vio, pues estaba apresurado, soñoliento; era
una de color café, con aspecto de féretro, que se ocultó sobre las demás. Un
detalle que el místico obvió.
*
Era enero del año 2000, temporada en que el primer
escalón de conscriptos ingresa a los diferentes cuarteles. Luego de una larga
espera, a Teodomiro lo designaron al regimiento Max Toledo, en el municipio de
Viacha. Partió de la ciudad de El Alto, en un bus viejo; al llegar a su
destino, le cortaron el pelo, al ras de la piel. Se miraba al espejo, su rostro
nativo, se sentía asustado, jamás estuvo tan lejos de su familia, varias cosas
le eran nuevas. Hablaba el castellano con dificultad, como la mayoría de los
reclutas. La masa indígena era la que daba cuerpo a los claustros militares.
Aunque la mayoría hablaba aymara, preferían comunicarse en un mal castellano.
Le dieron unas botas viejas, un uniforme camuflado
desteñido por tantas lavadas. Los soldados más antiguos eran los encargados de
las primeras instrucciones, pronto conoció la rigidez de esa vida. Estos
aprovechaban cualquier momento para manifestar su antigüedad, a plan de jaripero,[1]
llevaban al límite sus cuerpos. Teodomiro tenía su apodo, el Mok´o, por
su baja estatura. A pesar de lo ríspido del lugar, mantenía la moral intacta.
El capitán de la compañía, un tipo alto de tez blanca, ojos claros, al mando de
las ciento ocho almas. Era riguroso, pero era el mejor instructor del
regimiento. Todos los días encabezaba jornada de atletismo. Era el momento de
mayor estímulo en el día.
Los padres de Teodomiro le advirtieron que esos
señores blancos eran los patrones del país, predestinados al poder, que debía
obedecerles; si no mostraba obediencia, sería castigado. Pero el joven notó que
el capitán poseía un franco aprecio por los soldados. Por el contrario, había
un sargento, cuya piel era cobriza, como el de la tropa, era este el que
magullaba la dignidad de los conscriptos. No existía día en que no los señalase
de «indios de mierda». Era difícil entender para el joven el porqué de ese
desprecio, si sus rostros se asemejaban. Aquel sargento dominaba la lengua
aymara, se encargó de poner los apodos, las “chapas” a la mayoría de reclutas:
el Lerk´o (el bizco), el Lap´arara (el piojoso), el Jamp´atu
(el sapo), el K´umu (el jorobado) … Todos en lengua nativa.
Era muy maldito; al Achaku (al ratón), le puso
al trípode por no poder hacer veinte lagartijas. Al Ñojo (al feo), todo
un día lo castigó al plantón, mirando al sol en medio del patio, solo por
olvidar la letra del himno nacional. Tenía a los soldados de sirvientes: al
Mamani lo hacía lavar su ropa, el Condori barría su vivienda y el Pankara era
su escribano, su estafeta, porque poseía el don de la letra bonita. Era el
retrato de una hacienda feudal, donde los soldados hacían de pongos, sirvientes
obligados por la ley marcial a cumplir órdenes. En tiempos de cosecha, a los
soldados se los traslada para trabajar las tierras de los altos oficiales.
*
En esa vivencia, áspera al comienzo, se acostumbró
como se acostumbra la humanidad a todo. Los primeros días fueron difíciles, la
comida mala, el ejercicio extenuante. Desertaron cuatro reclutas, a quienes se
les tachaba de “maricas”, cobardes sin orgullo. «Qué vergüenza para su
familia», decían los soldados. Pasó medio año, ingresó otro escalón de nuevos
conscriptos, Teodomiro ya era considerado un antiguo, incluso ganó el grado de
dragoneante. Le dieron la misión de adiestrar en sus quehaceres a los
mostrencos, como se les decía a los nuevitos. Lo más duro eran las noches de
guardia; el frío del invierno quiebra al más osado. Tan inhóspita era la helada,
que a los soldaditos ingenuos les hurtaban sus prendas, y con ellas resistir
mejor la guardia. Robar no era una falta severa, era cosa de “vivillos”, de
supervivencia. «Solo los cojudos mueren de hambre», les decía el sargento.
Teodomiro añoraba su licenciamiento, con la fiesta que
le prometieron los padres, con los manjares y los regalos. Solía extrañar a su
gente, el pequeño círculo comunal, tan íntimo y cálido. Esa lejanía le hizo
valorar los detalles imperceptibles, como el abrazo de su madre. La añoranza
era sobrellevada gracias a los camaradas, la cercanía los convertía en
hermanos. Su mejor amigo era Iván Titirico, conocido como el Tucán, por su
nariz picuda, era alto y delgado. Una tarde, mientras compartían una bolsa de
haba tostada, este le preguntó:
–¿Qué harás luego de salir de aquí?
– Me gustaría estudiar eso que es para doctor de los
animales.
–Veterinario es zonzo, debes entrar a la nueva
universidad en El Alto, ahí hay esa carrera.
–Eso quiero mi camarada, ojalá pueda, tengo estima por
los animales.
*
Al amanecer del día siguiente, la corneta sonó antes
de lo previsto. Había una tensión en el aire, en el rostro de los instructores
se veía una real preocupación, andaban inquietos. El comandante del regimiento,
que ostentaba el grado de coronel, dio la noticia a la tropa: «La patria los
necesita, grupos de campesinos sediciosos pretenden desestabilizar al
gobierno…». Dio la misión de despejar los caminos del altiplano, sobre todo
evitar un cerco a la urbe paceña.
Ningún soldado imaginó la escena venidera, casi nadie
entendía los asuntos políticos del país. En los ratos de ocio, la única radio
del batallón estaba destinada para sintonizar música. Casi todos los días
sonaban las canciones del grupo Iberia. Cuando los conscriptos salían de
franco, la mayoría bebía alcohol, enamoraban con las cholitas del pueblo, pero
nada sabían de los campesinos y sus planes de bloquear las carreteras. Mala
suerte tal situación, solo les queda obedecer, como corderos al matadero.
Terminadas las instrucciones, rompieron filas al grito
de: «Viva Bolivia, hacia el mar». El capitán de la compañía indicó sus tareas en
las barracas. Les correspondía despejar las piedras de los caminos, aquellas puestas
por los campesinos, y si hubiera acción violenta de los indígenas, debían
responder con las armas. No habría espacio para la duda, obedecer era la única opción,
cualquier desobediencia era un acto de traición.
Era septiembre, los destinaron a la región que daba al
pueblo de Jesús de Machaca, ahí sería su área de operación. A Teodomiro le
pareció bueno, conocía esos parajes, cercanos a su comarca, «tal vez veré algún
paisano», pensó. Toda la compañía se encontraba armada con sus fusiles FAL
(fusil automático liviano). Marchaban lento y firme a los puntos problemáticos,
ahí donde los campesinos se reunían. «Esos indios miserables, reciben órdenes
de un tal Mallku, hay que enfriarlo», les dijo ofuscado el sargento de apellido
Choque. Pasaban aquellas tardes encuartelados, varios con miedo, ya que les
dijeron que los bloqueadores se encontraban armados; portaban fusiles máuser de
los años de Laureano Machaca.
En aquella tarde, en lo ancho del altiplano, mientras
los soldados levantaban las piedras de la carretera, el sargento llegó
gritando: «Los indios nos están emboscando». Eran como dos mil aymaras que
desde los cerros cercaban el convoy militar, ello ocasionó que el instructor
tenga un ataque de pánico. Ordenó disparar a los cerros para dispersar las
hileras de campesinos, no razonó si era necesario hacerlo.
A Teodomiro le temblaban las manos, se rehusaba a
disparar, en la mente oía las prédicas de los evangélicos que condenaban el
crimen. «Es pecado el asesinato», decían. En plena comunidad Uru Iruito se
erigía una iglesia cristiana, que se encargaba de extirpar las creencias
nativas. De repente, recibió un palmazo en la nuca, que le hizo ver estrellas.
«¡¿Qué te pasa, carajo?!, disipará, cabrón», le ordenó su sargento.
Subordinación y constancia era su lema, no le quedó de otra que acatar, caso
contrario, era traición a la patria. Empuñó con firmeza su fusil, cerró los
ojos y disparó sin blanco fijo.
Una bala provino del tumulto aymara, dio en la
pantorrilla de un conscripto: al Pumita, llamado así por su apellido Poma, y
por ser bajito. Era el único con tez clara, un lunar en el mar de soldados
indios, yacía sentado sobre su propia sangre, gritando de dolor. La escena
parecía atenuarse, ni las balas ni los gases lacrimógenos contenían la ira
campesina. Los oficiales ordenaron el repliegue, un camión militar, tipo
caimán, recogió a los jóvenes de regreso al cuartel. Hubo cuatro heridos, pero
ninguno de gravedad, uno de bala y los demás alcanzados por piedras. Del lado
contrario, tres muertos y quince comunarios heridos, todos de Jesús de Machaca.
Teodomiro lloró esa noche, despreciaba esa situación
hostil, de la probabilidad de matar a su propia raza; rezaba por igual al dios
judío y a sus deidades andinas, rogó no haber sido certero con el arma. Quiso
en ese momento pedir su baja, abandonar con deshonor el uniforme, el camuflado
que tanto orgullo le transmitía. Solamente la imagen de la fiesta de
licenciamiento lo mantenía firme, deseando ver a sus padres contentos. Quedó
decepcionado de la misión castrense, pensaba: «Qué honor había en matar a gente
pobre como él». Idea que giraba en su cabeza, le dijeron que los enemigos eran
los chilenos; en la escuela, en el regimiento, pero «¿Por qué mataban a los
indios?», se preguntaba.
*
Semanas después, en la madrugada, cuando le designaron
de guardia en una de las torres del regimiento, vio en el horizonte a los
campesinos marchar por la carretera, con sus ponchos rojos, las mujeres de
polleras verdes, en columnas interminables que se dirigían a la urbe paceña. Su
camarada, el Tucán, quien era su yunta (ya que la guardia siempre se hace en
pareja), le preguntó: «¿Por qué nos tocó esta mierda de suerte?» Teodomiro no
respondió, tal vez lo hizo con los ojos, con la mirada cansada por el sueño,
opacados por el humo de un cigarrillo. No lo dijo, pero recordó el sahumerio
del yatiri, sentenció: «Ese viejo cojudo mal ha hecho su trabajo».
En el meridiano de ese mismo día, en la formación de
costumbre. El comandante del regimiento comunicó a toda la tropa, a los
instructores, que los bloqueos se habían terminado. El gobierno logró un
acuerdo con los campesinos. La alegría era general, visible en los rostros
bronceados de los soldados, cual brillaba como el cobre. Teodomiro vio
cumplidas sus súplicas, tendría su fiesta de licenciamiento. Al acabar el
parte, salieron cantando: «Hoy estoy aquí, mañana me voy, pasado mañana, donde
estaré (silbido)…».
*
En enero del 2001, regresó al ayllu, con su
cacha (un cajón de madera) donde llevaba sus pertenencias. Antes de ello, en El
Alto se hizo tatuar el escudo del regimiento Max Toledo, como símbolo de su
hazaña, el cual enseñaría orgulloso en su brazo derecho. Buscó el más
económico, para no gastar dinero. Lo marcaron con tinta verde, aplicada con una
máquina artesanal, en un puesto a la intemperie de la feria 16 de Julio. Viajó
en un bus destartalado de los años setenta; era el único que llegaba al
pueblito. Imaginó los abrazos, el orgullo de los vecinos al verlo de uniforme,
el amor de sus padres, de ser de los pocos irohitos que prestaron el servicio
militar.
No presintió que, a su llegada, el concejo de amautas
lo esperaba, con una sentencia trágica. Toda la comunidad se reunió para verlo.
Habían decidido echarlo del ayllu; la razón, participar en la represión de
los indios. La sentencia estaba fundada sobre sangre, habían matado al hijo de
una autoridad originaria. Teodomiro invocaba su inocencia en lengua
aymara:
— No fue mi culpa, solo recibía órdenes. —Alegó entre
lágrimas.
—
No podemos
vivir con gente manchada las manos de sangre. Tienes que irte. —Dijeron casi al
unísono, entre los murmullos de odio.
Nadie, ni sus padres, se atreverían a contradecir la
decisión del concejo de amautas, era la ley de los iruitos, drástica. Obligado
a migrar hacia El Alto, igual que muchos jóvenes en esa época. No tuvo una
fiesta, maldijo esa situación, el ostracismo sin responsabilidad de los hechos.
Cierto era, no tuvo ninguna culpa de los sucesos acaecidos. Pero en las
emociones de las gentes de aquellos páramos no hay razones. Le tocó vivir de
albañil, sobreviviendo con la mínima paga de aprendiz. Su única compañía era un
par de gatos callejeros que rescató, curó y cuidó.
Cada vez que miraba su tatuaje en su brazo, sentía un
odio profundo por Bolivia, servirle le costó su hogar. Olvidada sus penas con
el alcohol, bebía hasta la inconsciencia, acullicaba coca para adormecer su
cuerpo. En alguna de esas borracheras, sin que lo advirtiera, de su bolsita
verde, cayó al suelo una hojita de coca negruzca, señal de mal augurio. A la
par de ese instante cantaba una canción del grupo Maroyu: «Ahora estoy tomando
por mi mala suerte, que nadie se cruce en mi camino…».
[1] El término "jaripeo" en el contexto de los
cuarteles militares en Bolivia se refiere a rituales de iniciación o castigos
físicos tradicionales aplicados a los reclutas nuevos por parte de los soldados
antiguos
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